La lección del mercado

Tiempo de lectura: 4min 

El sábado pasado me quise dar el lujo de ir a comprar carne al mercado con tiempo, sin prisas. Me puse a la cola en un puesto concurrido. 

Mientras esperaba que me atendieran decidí que en vez de perderme en la pantalla del móvil iba a observar la situación y ver qué me contaba la vida. 

Lo primero que me llamó la atención es que solo uno de los dependientes del puesto llevaba la mascarilla bien puesta. 

El resto la llevaban en el cuello, a modo foulard chic…

Caray, pensé, viva la higiene… Entonces me fijé en ella. 

Era la reina del puesto, charlaba por los codos y deduje que debía de ser la propietaria. 

Ella, además de  tener la mascarilla en la papada, en un alarde agreste, manipulaba la carne sin guantes. A pelo, que diríamos. Estaba cortando  lo que parecía un trozo de solomillo con esas manos que, como diría mi madre, a saber dónde habían estado… 

A nadie parecía llamarle la atención. Mucho menos inquietarle o incomodarle. La rara era yo. 

Mientras cortaba, charlaba animadamente con una clienta. 

Cuando digo charlar, lo que quiero ilustrar es que de su boca salía saliva, sí, microgotas y no tan micro, que caían, por supuesto, en el trozo de carne. 

Again, viva la higiene. 

Pensé en lo obvio: si te va a atender ella, pídele que se ponga unos guantes y que use una mascarilla, que aún son obligatorias en espacios cerrados. 

Pero nada, no salía ni una sola palabra de mi boca. ¿Por qué? Porque todos los clientes que había allí parecían encantados con la señora.Y a mí no me apetecía ser la única rara. Vi claro que si pedía que ella corrigiera su alegre modus operandi, en el mejor de los casos, me verían como una aguafiestas y, en el peor, me invitarían a ir a comprar a otro lado… 

Decidí que no merecía la pena sofocarme, y opté por cambiar de puesto.Será por puestos en un mercado… me dije. Lancé una rápida mirada, y elegí otro en el que no había cola. 

Mejor me lo pones… 

Me atendió una chica muy amable que manipulaba la carne con sus manos enfundadas en limpios guantes azules. Y con su también azul mascarilla tapando por completo su nariz y boca. 

Vamos bien. 

¿Cuántos cortes?, me preguntó. Cinco, por favor, le respondí. Cortó el primero con total maestría y parsimonia pero al ir a por el segundo, inexplicablemente, le resbaló el cuchillo y se hizo un corte en el dedo con lo que empezó a sangrar. 

¡Menudo susto!. Se puso lívida. Se acercó otra empleada y le preguntó si el corte era muy profundo y ella respondió que no lo sabía, visiblemente asustada.

Desaparecen dentro del puesto. Pasaron minutos que me parecieron horas. 

Por fin salió. 

Le pregunté si estaba bien y me dijo que sí, que aunque sangraba mucho, el corte había sido pequeño. Comentamos que sí, que los dedos son de mucho sangrar enseguida… 

Genial, me alegro de que estés bien, le digo. ¿Eran cinco trozos, verdad?, pregunta ella 

Y la veo que coloca en el papel el segundo trozo, el mismo sobre el que había caído su sangre, la del dedo cortado. 

Y entonces noté como salía de mi boca, sin retención alguna un amable pero contundente: “Disculpa, te importaría no ponerme el trozo que tiene tu sangre, es por higiene.” 

Un ejercicio de asertividad como otro cualquiera, me dirás. 

Claro, respondió ella, perpleja de que no se le hubiera ocurrido a ella antes. Y añadió: Voy a limpiar el cuchillo. 

Todo muy obvio, pero hizo falta decirlo. 

Me quedé pensando por qué ahí sí había hablado y en el otro puesto no… 

Respuesta: por que aquello ya era intolerable. Y ese es el problema.

Que esperamos a que ocurra algo intolerable para actuar. Para hablar, para decidir tomar medidas, en suma: para iniciar un cambio que ya era necesario antes. 

Porque estarás de acuerdo que la señora toqueteando sin guantes la carne estaba contraviniendo unas ene normas de sanidad y que si la ven, le quitan el carnet de manipuladora de alimentos como poco. 

Es decir, que no era algo que debamos aplaudir o asumir los consumidores. 

And yet... lo hacemos con tantas cosas, tan a menudo. 

Callamos. Nos vamos. Todo menos pedir lo que queremos. 

En el método El arte de Cambiar a Voluntad a esto le llamo “dónde tienes el despertador para actuar”, es decir, ¿Qué tiene que ocurrir en tu vida para que decidas que no puedes seguir postergando un cambio que es necesario o importante para ti?

Y aquí te dejo la pregunta: ¿dónde tienes el despertador tú?

¿Aguantas carros y carretas o te activas antes de que pase algo gordo? 

Y te lo digo porque es importante, porque cuanto más esperes, más incómodo será ese cambio que tienes que hacer. Y le echarás la culpa al cambio, pero en verdad la “culpa” la tiene la espera, ese ir postergando el momento hasta que pase algo grave. 

Y si eres de los que no quiere enfadarse con nada peor me lo pones, porque eso quiere decir que para que tú des un paso, tiene que caerse el mundo. 

Caerse el mundo, concretamente encima de ti. 

A lo mejor resulta que eso de ser muy tolerante sale caro en lo que a la gestión de cambios se refiere. 

A lo mejor si escarbas, te das cuenta de que muchas de las cosas que no has podido enderezar las hubieras evitado si hubieses actuado antes, o a tiempo, en lugar de optar por mirar para otro lado o hacer como si nada. 

A lo mejor. Quien sabe. Tú piénsalo, y nos vemos en los comentarios. ¿Te parece? 

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4 comentarios

  1. A mí pasó una vez en una panadería ! que es incluso peor, porque el pan sí que te lo comes sin lavarlo ni freirlo previamente. Pues estaba viendo la señora poniendo el pan con la mano desnuda, después de haber tocado las monedas y casi me da algo. Y qué hice??? NADA: Increible, no supe decirle nada a la cara. Eso sí, se lo conté a mis compañeros toda alborrotada. Por suerte hubo alguien más valiente que yo o incluso alguna inspección oficial, porque a poco tiempo empezaron a auilizar los guantes de plástico para todo. Olee! Así sí que da gusto.
    Eso de ser tan tolerante a veces nos cuesta hasta la salud 🙁 vaya

    • Gracias por el ejemplo, Monika, ¡es tal cual! Y lo interesante es tomar conciencia de cuánto nos paraliza la supuesta tolerancia, porque si lo piensas, es más “cobardía” o “pereza” o “miedo al conflicto” que verdadera tolerancia… ¿No lo crees así? Un abrazo y ¡gracias por compartir tu anécdota!

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