Empiezo a ver que muchos de mis alumnos, en lugar de utilizar el método para ayudar a clientes, lo empaquetan y le revenden como cursos sin citar mi autoría.
Algunos se lo apropian directamente, otros se lo atribuyen a escuelas de coaching que tienen más prestigio.
Flipo bastante con la osadía y la desfachatez con la que esto ocurre.
Descubro que esto de ser autor es un deporte de riesgo para el que no estoy emocionalmente preparada.
Y por primera vez en muchos años, me pregunto si mi trabajo merece la pena. Barajo la opción de tirar la toalla a pesar de tener una empresa de éxito que funciona.
Decido dedicarme en cuerpo y alma al cliente final, el ciudadano de a pie, que necesita aprender a cambiar.
Y al método le pongo su nombre definitivo: El Arte de Cambiar a Voluntad.