¿Por qué sigo mal… si ya está resuelto?

[la respuesta que menos esperabas y más precisabas]

Seguramente te ha pasado alguna vez: has vivido un conflicto, y cuando éste se ha resuelto, tú sigues enfadado, incómodo o molesto…

Con una sonrisa forzada.

Tu entorno te increpa: “Pero sí ya está todo bien, ¿qué más quieres?” 

Esta frase tiene una variante ligeramente más ácida e hiriente que vendría a derivar en preguntas del tipo: “¿Qué te pasa?”… Lo que da a entender que el problema sois tú y tu proverbial insatisfacción… 

Y en verdad ni tú mismo entiendes por qué no estás dando saltos de alegría. 

La respuesta es sencilla: sólo se ha solucionado un tema que, en verdad, requería una reparación.

La diferencia entre solucionar y reparar es tan amplia como ignorada en la sociedad que vivimos. 

Somos seres emocionales y sentimentales, pero a la hora de resolver conflictos, sólo pensamos en lo que se ha roto, no en a quién hemos roto. 

Dicho de otro modo, a pesar de que somos emocionales, cuando tratamos de cerrar un conflicto, lo hacemos desde un punto de vista utilitarista, pragmático y frío centrándonos en las cosas o los hechos, no en las personas implicadas.

Y ese error, ese “mal cerrar un conflicto” suele dejar un reguero de pólvora que, antes o después, hará que todo salte por los aires. 

Si eres como la mayoría, si vas por ahí solucionando lo que has estropeado en lugar de reparando los corazones que has dañado, entonces tienes una bomba enterrada a tus pies. 

Has sembrado vientos y cosecharás tempestades. Es hora de que hagas un esfuerzo por comprender a qué vienen tantos problemas que tú calificas de “neuras” ajenas… 

Solucionar tiene que ver con los hechos, con sustituir algo que no funciona por algo que sí lo hace.

Reparar tiene que ver con la actitud, con la empatía, con entender los efectos que el conflicto ha tenido en el sistema emocional de la otra persona y en el tuyo propio. Implica, con frecuencia, disculpas genuinas y dar más de lo que había cuando empezó el conflicto. 

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A partir de hoy, no pierdas el tiempo solucionando, repara. 

La reparación engloba la solución, pero la expande, la completa y la hace mucho más útil. Cuando una persona piensa en el factor emocional de un conflicto, se da cuenta de que la solución sin compensación emocional puede convertirse, paradójicamente, en un insulto, en un acto de soberbia. 

Piensa en tus relaciones, en tus amigos, tu pareja, tus hermanos, tus padres… Y ahora, añade la palabra clave “conflicto”, o si lo prefieres, desacuerdo, bronca, decepción, desengaño… Ya ves a qué me refiero… 

Cuando dices “no volverá a pasar”, no estás reparando, estás insultando al agredido.

Es urgente que aprendas a decir cosas que suenen a esto: “Me sabe mal este conflicto, dime qué puedo hacer para compensarte.” Ese es el camino de la reparación.

Decir “ya lo he resuelto” es el camino de la solución. Es decir, el camino hacia el malestar. A nadie le gusta que ignoren sus emociones y que sólo se encarguen de los hechos. A ti tampoco…

Y lo que es más claro, nadie llegará demasiado lejos negando las emociones del prójimo.

Aunque a ratos lo parezca, esa contabilidad emocional siempre da pérdidas.

Si de verdad pretendes una gestión adecuada del conflicto, es decir, cerrarlo en paz, tendrás que comprender que eso pasa necesariamente por reconocer el factor emocional.

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Hazte fan de la reparación, tanto si eres tú el agraviado como si eres tú quien ha agraviado a un tercero.

Explica con claridad qué necesitas, para sentirte compensado por las molestias.

Y si estás tratando de hacer las paces con otro, no pienses por él, pregúntale claramente cómo le puedes compensar. No lo decidas tú, que lo mismo no aciertas.

Verás cuánto mejora el ambiente cuando en lugar de justificar que no ha sido para tanto, vas y te ofreces a dejar al otro mejor de cómo estaba antes de que estallara el conflicto.

Comprobarás la paz que da cerrar una herida.

Y tú necesitas esa paz para tener la vida que deseas, así que ponte manos a la obra: repara a quienes has herido, deja de solucionar a secas. Y pide las reparaciones que aún te deban. No cejes en tu empeño de lograrlas. A veces, es cuestión de insistir, y de tener claridad.

Algunas personas no querrán compensarte porque prefieren que el conflicto siga abierto, pero la mayoría, si saben cómo cerrarlo, preferirán hacerlo. El quid está en dar el cómo mascado, para que el otro no se tenga que devanar los sesos intentando averiguar qué quieres o necesitas para enterrar el hacha de guerra.

Nunca es tarde para saldar las deudas emocionales: no tienen fecha de caducidad.

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4 comentarios

    • Mi ilusión es que cada vez seamos más y más los que queremos y podemos aplicar… ¡Gracias por ser uno de ellos, Sonia!

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